Cuando el final de ‘Cómo conocí a vuestra madre’ resucita en ‘Terapia sin filtro’

Cuando el final de ‘Cómo conocí a vuestra madre’ resucita en ‘Terapia sin filtro’

Todo el mundo sigue queriendo follarse a Robin

Hay algo especialmente perverso en coger a Jason Segel, el eterno Marshall, (porque seamos sinceros, siempre le veremos como Marshall), para cualquiera que tenga un mínimo de memoria televisiva, y pedirle que ahora se ponga serio, roto y en duelo como si no lleváramos años viéndolo bailar como un oso triste con traje en un bar de Nueva York. Terapia sin filtro intenta vendernos la historia de Jimmy, un terapeuta viudo que se está deshaciendo emocionalmente y que, en lugar de procesar su dolor como una persona funcional, decide romper todas las reglas profesionales y decirle a la gente exactamente lo que piensa de ellos.

Muy maduro todo, muy de “dramedy prestigiosa” de Apple TV, muy de “mira qué bien gestionamos el trauma con una banda sonora de buen gusto”. Pero entonces aparece Cobie Smulders, y toda esa seriedad cuidadosamente construida se va a la mierda en menos de un plano.

Es aparecer Robin y me apuesto el blog a que sonó esto en la mayoría de cabezas de la gente que estaba viéndolo…

Y ahí se jodió todo

Porque claro, tú puedes llamarlo Jimmy todo lo que quieras, pero para nosotros siempre será Marshall. Y ella puede llamarse Sofi, puede tener drama propio, puede venir envuelta en duelo, culpa y sensibilidad indie, pero en el momento en que entra en pantalla, no estás viendo “a una nueva mujer en la vida de un terapeuta roto”; estás viendo a Robin Scherbatsky que ha cruzado de dimensión narrativa como quien cambia de línea de metro.

Lo siento mucho por los guionistas, (no lo siento nada, lo que siento es que nos tomen por tontos), pero hay cosas que ningún arco dramático puede borrar, y una de ellas es el legado tóxico-nostálgico de Cómo conocí a vuestra madre.

Terapia sin filtro va justo de lo contrario de lo que tu cerebro hace al verlos juntos de nuevo: la serie quiere hablar de duelo, de cómo una persona se derrumba cuando pierde a su esposa, de cómo el dolor se come la ética profesional y de cómo intentar ayudar a los demás mientras eres incapaz de ayudarte a ti mismo. Jimmy, nuestro Marshall con otro nombre, está en plena caída libre, se implica demasiado con sus pacientes, rompe todo código ético que no esté atornillado al suelo y se va cargando y salvando gente a la vez a base de decir verdades que nadie le ha pedido.

Es una premisa interesante, incluso honesta, (y hasta ese momento muy entretenida), que podría sostenerse sola sin necesidad de hacer saltar la alarma de “REUNIÓN HIMYM” en la cabeza de nadie.

Pero claro, entra Cobie Smulders y el tiempo se congela mientras escuchas el «pa pa papa…». La narrativa oficial dice que Sofi es una figura clave en el proceso de reconstrucción emocional de Jimmy, una presencia que cuestiona su duelo, su culpa y su manera patética de seguir respirando mientras hace como que vive. La narrativa real, la que ocurre en tu cabeza, es: “Ah, perfecto, ahora Marshall está ligando con Robin mientras llora por la muerte de Lily en una línea temporal alternativa”. Y a partir de ahí, cualquier intento de seriedad se convierte en un juego macabro de “¿hasta qué punto están jugando con nuestra memoria emocional a propósito?”.

Lo divertido (si tenemos un concepto amplio de “divertido”) es que el reencuentro de Segel y Smulders no es un accidente, es cebo consciente para gente rota por sitcoms. La industria está encantadísima diciendo que tienen “química profesional inmediata” y que trabajar juntos otra vez fue natural, fluido, orgánico, casi terapéutico para todo el elenco.

Claro que fue natural: llevan una década instalados en la cabeza de medio planetacomo una idea construida precisamente sobre la imposibilidad de cerrar bien una historia. Y ahora, en lugar de darnos distancia para curarnos, los ponen otra vez uno enfrente del otro en una serie sobre duelo y terapia. Por si quedaba alguna neurona emocional sin traumatizar.

El resultado es una doble capa bastante perversa, en la superficie, tienes a Jimmy intentando reaprender a vivir después de haber perdido a su esposa, limpiando desastres ajenos mientras el suyo se pudre debajo de la alfombra, y encontrándose con alguien que podría ser parte de un futuro posible, no como sustitución, sino como prueba de que la vida no se detiene aunque a él le gustaría frenar el tiempo a base de whisky y malas decisiones. En el subsuelo, tienes a Marshall y Robin reencontrándose fuera del bar, fuera de Ted, fuera del paraguas amarillo, como si el universo quisiera ver qué pasa si les quitas todo el chiste y los obligas a existir en un relato donde el dolor no se resuelve con un montaje y una canción indie.

El verdadero problema no es que la jugada chirríe, es que chirría demasiado bien. La serie quiere hablar de cómo el duelo te deforma, de cómo sigues adelante sin traicionar lo que has perdido, de cómo la culpa se mezcla con el deseo y la necesidad de dejar de sentirte muerto en vida. Pero la elección de casting convierte esa reflexión en un comentario meta: no solo Jimmy no ha terminado de soltar a su esposa, es que nosotros tampoco hemos soltado el pasado televisivo de los actores. A la mínima que aparece Sofi, el duelo deja de ser solo suyo y se convierte en una especie de terapia colectiva forzada para un fandom que nunca superó del todo la forma en que se explotó el personaje de Robin durante años.

Todo parece una justificación de ese final que no dolió y molestó en su momento, (y cada vez que lo vemos), lo más irónico es que Terapia sin filtro presume precisamente de romper normas: Jimmy deja de respetar fronteras profesionales, dice lo que no debería, hace lo que no toca, y la serie se cuelga la medalla de “mira qué valiente, hablamos del dolor en voz alta, sin filtro”. Qué gracioso que, en paralelo, el casting esté rompiendo otra frontera: la que separa una historia nueva de la resaca no resuelta de otra serie que ya nos hizo suficiente daño con su final. Si esto no es terapia de choque para espectadores, no sé qué lo es.

Al final, lo que queda es esta sensación incómoda: la serie pretende acompañar el proceso de alguien que intenta sanar, pero el reencuentro Marshall–Robin funciona como un sabotaje afectivo cuidadosamente envuelto en prestigio de Apple TV.

Nos piden que veamos un nuevo duelo, pero nos devuelven uno viejo. Nos venden una historia sobre seguir adelante, pero nos plantan justo enfrente la prueba viviente de que hay personajes y dinámicas que la cultura no quiere soltar. Y ahí es donde el título se gana solo: todo el mundo sigue queriendo follarse a Robin, incluso cuando la serie quiere hablar de otra cosa. Incluso cuando la trama va de sanar. Incluso cuando el propio Jimmy está demasiado roto como para sostener otra fantasía más.

Y a lo mejor ese es el punto más honesto de todos, aunque no sé si era intencionado: sanar, en este contexto, no es olvidar, sino aprender a convivir con fantasmas que no se van ni con tres temporadas y doce sesiones de terapia. Y si el fantasma tiene la cara de Cobie Smulders y el histórico emocional de Robin Scherbatsky, no es que la serie se pase de lista. Es que nosotros, como audiencia, somos incapaces de dejar de mirar justo donde más duele.

Para no cerrar con ese toque de amargura, hay que reconocer que hace mucha ilusión ver de nuevo a Michael J. Fox, (ilusión y tristeza a la vez), y me quedo con la frase:

Que le jodan al Parkinson

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